1 de septiembre de 2010
Las madrugadas son para cualquiera
En una noche cualquiera puedo dibujar el mundo en mi mente con un pedazo de alfajor y un vaso de chocolatada sobre la mesada. En un instante todo puede parecer acabado pero al segundo la sensación de plenitud es intensa, el vacío puede tan desesperante como liberador. Al rato agarrar el lápiz y escribir unas cuantas palabras en mi cuaderno de espiral, fragmentos claramente inspirados por la lectura que antecedió el momento. Ser detallista hasta el cansancio aunque nunca me canse realmente de serlo. Y tirarme al piso a su lado con los ojos cerrados escuchando la perfección que no para de sonar, en conexión solidaria y armónica con el universo en su totalidad. Perder el control quedando paralizada, una contradicción puramente mental. Crear colores nuevos con pasteles robados y odiar al sistema que vuelve un pedazo de arte en un producto inaccesible. Ser feliz, atravesada por la soledad y sentir en el aire la red que me une con todo lo demás. Pensar intensamente y quedar en blanco con suma facilidad, olvidarme de las cosas y desesperarme por recordar. Sentir que mi corazón late a mil por segundo y mirar en dvd su último concierto perfecto. Escucharla hablando de lo inhumano del capitalismo y por otro lado, rogarle a él por mensaje de texto que no lo chupe el sistema. Buscar inscansablemente. Leer, leer, leer hasta que el libro me aplaste. Respirar al ritmo del crujido de las persianas y admirar su cara aunque no esté conmigo. Dejar fluir la imaginación hasta volverla realidad. Mirarlas sentadas charlando trivialidades, borrosas por el humo y la cerveza. Pararme y bailar con él hasta que me duelan las costillas. Reírme tan fuerte de los miedos irracionales hasta quedarme dormida.