Nos hace creer que no, pero la mente nos propone una sola opción para lidiar con la muerte de alguien que amamos. Aferrarnos a su vida terrenal y todo aquello que podemos percibir con los sentidos: su olor, su mirada, su voz. Podemos sufrir mucho ante ese hecho inevitable, ante la imposibilidad de volver a sentirlo, olerlo, mirarlo o escucharlo otra vez.
Hace dos días el cuerpo de mi nono se fue. Y todo lo que siento y vivo se volvió débil.
Lo lloré con tristeza durante todo el día, hasta que entré a su casa por la noche. Nino, cuando vi tus cosas y sentí tu presencia, estabas ahí, estabas allá, estabas antes, ahora y después. Estás infinitamente. Y si ya eras un ser profundamente despierto en este plano, el terrenal; ahora sos, junto a ese todo perfecto que somos todos.
Vos no me enseñaste con las palabras, no hicieron falta. Tu vida fue el único y el mejor ejemplo. Tu forma de ayudarme a convertirme en la persona que soy.
Vuelvo a agradecer ahora y siempre al universo por poner a mi lado a un ser como vos. Un ser infinitamente presente, que disfrutaba con su alma de la música, que luchaba hasta el final por lo que quería, que no se definía por la mirada de los demás, a la que incluso a veces desafiaba, que todo lo hacía con alegría, que amaba, que abrazaba fuerte, que miraba profundamente, que sentía una pasión irrefrenable por la vida.
Gracias por haberme dado las señales que me diste. Gracias por el sueño de la semana anterior, por esa última comida y todo lo que me dijiste esa noche, gracias por darme la posibilidad de acompañarte en ese, tu último momento en esta vida, por dejármelo vivir en carne propia, por haberte expresado tan vívidamente dentro mío.
Esta vida, la mía, siempre será una expresión de la tuya.