24 de octubre de 2010

Hipnotizador Personal

El Hipnotizador Personal
Pedro Mairal


Hace diez años, en un taller literario, conocí a una chica que tenía mucha plata. Mejor dicho, sus padres tenían mucha plata. No se llamaba Verónica, pero la voy a llamar Verónica por discreción, aunque ella ya no viva en la Argentina. Verónica escribía cuentos que sucedían en París, en New York, en Ámsterdam, con personajes que estaban siempre invitados a grandes fiestas. El taller quedaba en Callao y Córdoba, y a la salida yo la llevaba en mi bicicleta hasta Las Heras. No nos dábamos cuenta de lo peligroso que era, o quizá sí y eso nos divertía. Una sola vez casi nos pisa un 60; estuvimos muy cerca. Yo frenaba apretando el pie contra la rueda. A veces nos metíamos en librerías y ella se compraba un libro pero después, cuando le preguntaba si le había gustado, me decía que no lo había leído. No le gustaba mucho leer. Se cruzaba todo el tiempo con ex compañeras del colegio y después me hablaba mal de ellas. Viven en una burbuja, me decía, están siempre hablando de ir a esquiar o de Punta del Este, no se dan cuenta de que la cosa va un poco más allá. Como suele pasar, Verónica despreciaba a la gente que se le parecía. Me acuerdo de que era lacia, sobre todo eso. Era más lacia que linda. Y me acuerdo también de su olor a shampoo, cuando iba sentada en el marco de la bicicleta. Sin que yo siquiera la hubiera besado, ella me incitaba y me despreciaba, iba alternando esas dos actitudes con sutileza, manteniéndome apartado pero, al mismo tiempo, a tiro. Si me lo hubiese pedido, yo la hubiese llevado pedaleando hasta Brasil.

En una de esas vueltas, me invitó a su casa en la calle Galileo porque iban a ir sus amigos de cine (estudiaba cine en un instituto del centro). Dale vení, no me banco esperar sola, me dijo. Llegamos y nos abrió la puerta de calle un guardia de seguridad, con uniforme gris. Era de los pocos edificios en Buenos Aires que en esa época ya tenían seguridad privada las 24 horas. Subimos. El departamento era enorme, decorado con sillones blancos y tapices. Vivía sola porque sus padres siempre estaban en lugares exóticos del mundo. Había una mucama vieja dando vueltas por la cocina, con la que tenía discusiones feroces que la avergonzaban. En media hora me mostró su cámara nueva, me mostró fotos de un viaje a la India, me mostró algo en la computadora que yo no entendí hasta tiempo después cuando se Popularizó Internet, puso un compact en un equipo súper Hi‑Fi, dio vueltas por el departamento, me mostró el arma del padre, comimos helado, y al rato fueron llegando los amigos.

Tenían más o menos nuestra edad. Había una chica que se llamaba Fabiana y un chico pelilargo que se llamaba Pablo, que yo pensé que eran novios porque se hacían masajes en el sillón. Todos parecían estar muy habituados al lugar, se tiraban en el living sin problema, abrían la heladera y le pedían licuados a la mucama. Los vi varias veces y me fui mimetizando con esa actitud de confianza.

Hacían base ahí y después se iban a fiestas en otras casas. Yo fui una sola vez a una de esas fiestas donde hicieron lo mismo pero con otra gente y con otra marca de cerveza: sentarse y hablar de la fiesta a la que iban a ir después. Lo mejor, la fiesta ideal, siempre estaba en el próximo lugar.

En alguna de esas charlas de sillón, salió la típica pregunta: Si pudieras tener cualquier cosa en el mundo, ¿qué te gustaría tener? La mayoría quería tener otro cuerpo o mucha plata. La respuesta de Verónica me llamó la atención. Yo quiero tener un hipnotizador personal, dijo, un "hipno", existen, te juro que existen. Un tipo que me hiptonice en los ratos aburridos, que me despierte sólo para los ratos de acción, que me anule el tiempo muerto. Eso es lo que quería Verónica, alguien que le editara la vida. Le preguntaban cómo sería y ella explicaba que el hipnotizador tenía que dormirla, por ejemplo, antes de salir de viaje a París. La subía dormida al auto, la llevaba Al aeropuerto, le hacía los trámites, la subía al avión y la despertaba un rato durante el vuelo para comer; después la volvía a dormir y la despertaba en el taxi, en las calles de París camino al hotel. Tenía que ser un tipo fuerte que pudiera llevarla en brazos.

Me sorprendió la expresión "tiempo muerto"". Se la había escuchado decir a sus amigos cineastas, pero no la había entendido del todo hasta que ella la dijo. Y me hizo acordar a unos vecinos de carpa en la playa en Pinamar dos matrimonios que jugaban al bridge después del mediodía, jugaban durante horas bajo la sombra hasta que uno de los hombres miraba el reloj y decía ¡Uy, las seis ya, che. Matamos la tarde!", pegaba uno de esos aplausos con ruido a sopapa y se frotaba las manos porque la tarde había muerto; la habían matado ellos.

La idea de Verónica también era matar el tiempo, matar el tiempo muerto. Ella tenía intolerancia al tiempo real. No soportaba el tiempo que mediaba entre los momentos supuestamente relevantes de su vida. No soportaba el tiempo muerto frente al semáforo o en las salas de espera o haciendo cola. Los momentos en que no pasa nada.

Cuando me llegó el turno de decir qué quería, yo pensé que quería tenerla a Verónica, pero no lo dije. No me acuerdo con qué traté de zafar. Tampoco sé si fue esa misma noche que conseguí darle un beso. Me acuerdo que caminamos por Galileo hasta que nos sentamos en la escalera de la Plaza Mitre y, como yo había tomado bastante cerveza, me animé. Pero era difícil. Se me escapaba. Como si no estuviera ahí. Vivía desfasada del presente, un poco corrida hacia el futuro, siempre pensando en algo bueno que iba a pasar después, hablándome de eso, una fiesta, una película esa noche, algo que iban a filmar, algo de ropa que le iban a traer los padres de New York, siempre en ese declive de la ansiedad, cayendo hacia adelante.

Yo iba seguido a la casa. A veces estaban Pablo y Fabiana viendo videos. Un sábado a la noche la había invitado a Verónica a San Telmo a tomar algo pero me había dicho que estaba cansada. Al rato cayeron Pablo, Fabiana y unos amigos de Puerto Rico que querían ir a bailar salsa. Trajeron ron La Negrita y lo mezclaron con Coca‑Cola. Yo veía que Verónica se preparaba para salir, muy divertida, y me puse a tomar ron. Un vaso tras otro. Ella quería que fuera con ellos pero yo, enfermo de literatura prefería la tristeza del perdedor. Terminé tocándole el timbre a las cuatro de la mañana, totalmente borracho, diciéndole que quería ser su hipnotizador personal. Y ella ni siquiera estaba. El guardia de planta baja, que ya me conocía me paró un taxi y me mandó a mi casa.

Le escribí cosas a Verónica. Poesía. Una vez fuimos al cine a la trasnoche, después a tomar algo, después caminamos y en un kiosco, de madrugada, compré el diario La Prensa recién salido para mostrarle que en el suplemento cultural habían publicado un poema mío dedicado a ella. No me quedaban más ases en la manga y todavía no había logrado pasar de los primeros besos. Yo le había dicho que ella me gustaba y ella me había dicho que yo era "un tipo muy intenso". Desde entonces, ese adjetivo ‑aplicado a cualquier cosa‑ me da un poco de vergüenza.

Una tarde subí pedaleando la barranca de Galileo. El guardia del edificio me dijo: ¿Qué hacés, Pedrito? No está Verónica... Che, el otro flaco, el pelilargo... ¿Quién, Pablo?, dije. Sí, te ganó de mano. Se queda a dormir y todo. Yo el otro día le tiré la lengua a Verónica, viste, le digo '¿con cuál te quedás, con el pelilargo o con Pedrito' y me dice 'con el pelilargo'.

Me despedí de él con una sonrisa bastante digna teniendo en cuenta que acababan de romperme el corazón. El guardia me había dicho la verdad, así, dura y directa. Lo odié pero hoy creo que me hizo un favor porque, si no, yo hubiese seguido dando vueltas, cada vez más enredado.

Me volví caminando al lado de la bicicleta, sin subirme. Tenía ganas de ir sacándome la ropa y tirarme desnudo en medio de la calle. No sé si fue exactamente ese día, pero la bicicleta fue a parar a la baulera. No volví a ese taller literario, ni volví a verla a Verónica. Supe, por un amigo de un amigo, que se casó y vive en Estados Unidos.

Hace un par de años escribí un cuento corto con ella como personaje. Lo tengo que corregir. El narrador era el hipnotizador, el encargado de hechizarla cuando ella se aburría. Él iba contando lo que había hecho esa tarde. Estaba ambientado en México porque me parecía que quedaba mejor. Y él hablaba de "la niña". «A las dos, la niña me ha pedido que la duerma y la lleve a una fiesta en Cuernavaca". Entonces contaba cómo la dormía en su silla, la cargaba en el auto y se sentaba al volante, para manejar despacio. Ella dormida en el asiento de atrás, él fumando, con la ventanilla abierta. Describía el viaje y cómo por el camino se veía venir una tormenta de verano, y después llovía y caía granizo. Estaba contado en presente, porque él estaba atrapado en el presente, viviendo el tiempo muerto que ella no quería vivir. Entonces llegaban de noche a Cuernavaca y unas cuadras antes el hipnotizador despertaba a “la niña” Le contaba que había granizado y ella se enojaba porque decía que cómo no la había despertado para ver eso; le hubiera gustado ver granizar. La niña lo “regañaba” mucho y se bajaba del auto hacia la fiesta, dando un portazo. Él estaba enamorado de ella.


13 de octubre de 2010

Hoy soy esto, mañana no sé, pasado no me importa



(nadie lo expresó de manera tan sencilla)

10 de octubre de 2010

Conclusiones provenientes de músculos y huesos

Quiero perder el control. Estoy harta de tenerlo. No lo quiero más. Tengo miedo de que no me suelte. Porque tenerlo se volvió algo compulsivo. Y ahora que ya no lo quiero, no me quiere soltar.

15 de septiembre de 2010

Sonríe por mi, Patti, porque yo sonrío por ti



Querido Robert:

Cuando no puedo dormir, a menudo me pregunto si tú tampoco puedes. ¿Tienes dolor o te sientes solo? Tú me sacaste del período más aciago de mi joven vida y compartiste conmigo el sagrado misterio de lo que es ser artista. Aprendí a ver a través de ti y jamás he compuesto un verso ni he dibujado una curva que no provenga de los conocimientos que obtuve en nuestra preciada vida juntos. Tu obra, que emana de una fuente fluida, tiene su origen en la candorosa canción de tu juventud. Entonces hablabas de dar la mano a Dios. Recuerda que, en todo lo que has pasado, siempre has ido de esa mano. Cógela fuerte, Robert, y no la sueltes.
La otra tarde cuando te quedaste dormido en mi hombro, también yo me dormí. Pero antes de hacerlo pensé, mientras miraba todas tus cosas y creaciones, y repasaba tus años de trabajo, que de todas tus obras, tú continúas siendo la más bella. La obra más bella de todas.

Patti


Carta de Patti Smith a Robbert Mapplethorpe antes de su muerte

Éramos unos niños
Patti Smith

10 de septiembre de 2010

Dos ojos penetrantes se miraron en dos ojos penetrantes: el tipo santo de mente resplandeciente, y el tipo melancólico y poético de mente sombría

Corrían calle abajo juntos, entendiéndolo todo del modo en que lo hacían aquellos primeros días, y que más tarde sería más triste y perceptivo y tenue. Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ¡Ahhh!

On the Road
Jack Kerouac

1 de septiembre de 2010

Las madrugadas son para cualquiera

En una noche cualquiera puedo dibujar el mundo en mi mente con un pedazo de alfajor y un vaso de chocolatada sobre la mesada. En un instante todo puede parecer acabado pero al segundo la sensación de plenitud es intensa, el vacío puede tan desesperante como liberador. Al rato agarrar el lápiz y escribir unas cuantas palabras en mi cuaderno de espiral, fragmentos claramente inspirados por la lectura que antecedió el momento. Ser detallista hasta el cansancio aunque nunca me canse realmente de serlo. Y tirarme al piso a su lado con los ojos cerrados escuchando la perfección que no para de sonar, en conexión solidaria y armónica con el universo en su totalidad. Perder el control quedando paralizada, una contradicción puramente mental. Crear colores nuevos con pasteles robados y odiar al sistema que vuelve un pedazo de arte en un producto inaccesible. Ser feliz, atravesada por la soledad y sentir en el aire la red que me une con todo lo demás. Pensar intensamente y quedar en blanco con suma facilidad, olvidarme de las cosas y desesperarme por recordar. Sentir que mi corazón late a mil por segundo y mirar en dvd su último concierto perfecto. Escucharla hablando de lo inhumano del capitalismo y por otro lado, rogarle a él por mensaje de texto que no lo chupe el sistema. Buscar inscansablemente. Leer, leer, leer hasta que el libro me aplaste. Respirar al ritmo del crujido de las persianas y admirar su cara aunque no esté conmigo. Dejar fluir la imaginación hasta volverla realidad. Mirarlas sentadas charlando trivialidades, borrosas por el humo y la cerveza. Pararme y bailar con él hasta que me duelan las costillas. Reírme tan fuerte de los miedos irracionales hasta quedarme dormida.

31 de agosto de 2010

Yin / Yang

17 de agosto de 2010

¿Acaso un hombre consciente puede respetarse a sí mismo?

Fiódor Dostoievski, Memorias del Subsuelo.

Algo muy distinto es comprenderlo todo, tomar conciencia de todo, de todos los imposibles y muros de piedra; no resignarse a ninguno de estos imposibles y muros de piedra si a ustedes les da asco resignarse; llegar, a través de las combinaciones lógicas más inevitables, a las conclusiones más abominables sobre el eterno tema de que hasta del muro de piedra uno se siente como culpable, aunque sea a todas luces evidente que uno no es culpable en absoluto, y, en consecuencia, rechinar en silencio y con impotencia los dientes y abandonarse voluptuosamente a la inercia, soñando con que incluso no tienes contra quién enfurecerte; que la furia no tiene objeto y que acaso no lo tendrá nunca, que se trata de un truco, de un engaño, de una trampa, que se trata sencillamente de un lodazal, que no sabemos qué ni quién, pero que, a pesar de toda esa incertidumbre y ese engaño, el dolor de ustedes no cesa, y cuanto más ignoran ¡más les duele!

¡Oh, si sólo no hubiera hecho nada por pereza! ¡Señor!, ¡cómo me respetaría entonces a mí mismo! Me respetaría justamente porque al menos sería capaz de ser perezoso; al menos tendría una especie de cualidad positiva de la cual sentirme seguro. Pregunta: ¿quién es éste? Respuesta: un perezoso; pero si hasta eso sería agradable de escuchar sobre uno mismo. Significaría una definición positiva, significaría que hay algo que decir sobre mí. "¡Perezoso!", pues eso es todo un título y un nombramiento, es una carrera, señores. No bromeen, así es. Entonces tendría derecho a ser miembro del club más exclusivo y habría dedicado mi tiempo sólo a respetarme.

En definitiva, señores: ¡es mejor no hacer nada! ¡Es mejor la inercia consciente! Así que ¡viva el subsuelo! Aunque antes haya dicho que envidio al hombre normal hasta la última gota de mi bilis, no quisiera ser como él en las condiciones en las que lo veo (pero así y todo no dejaré de envidiarlo). ¡No, no, siempre es mejor el subsuelo! Por lo menos ahí es posible...¡Eh! ¿Pero también ahora estoy mintiendo! Miento porque yo mismo sé como dos por dos son cuatro que el subsuelo no es lo mejor, que lo que ansío es algo diferente, completamente diferente, ¡pero que no puedo encontrar! ¡Al diablo el subsuelo!

(...) porque todos nosotros nos hemos desacostumbrado de vivir, todos cojeamos, quien más quien menos. Nos hemos desacostumbrado tanto que a veces le sentimos cierta aversión a la auténtica "vida viva" y por eso no podemos soportar que nos la recuerden. Hemos llegado hasta tal punto, que casi consideramos la auténtica "vida viva" como un esfuerzo, casi como un trabajo, y en nuestro fuero íntimo todos estamos de acuerdo en que es mejor vivir como en los libros. ¿Y qué es lo que a veces nos da hormigueo, por qué hacemos extravagancias, qué es lo que pedimos? Ni nosotros mismos lo sabemos.

Vean: la razón, señores, es una cosa buena, esto es indiscutible; pero la razón es sólo la razón y satisface únicamente la capacidad del hombre de razonar, mientras que el deseo es la manifestación de toda la vida, es decir de toda la vida humana incluyendo la razón y todos los cosquilleos. Y aunque en esta manifestación nuestra vida revela a menudo toda su miseria, sigue siendo vida y no la mera extracción de una raíz cuadrada. (...) La razón sólo sabe lo que ha llegado a saber (...), mientras que la naturaleza humana actúa en conjunto, con todo lo que hay en ella, consciente e inconscientemente, y aunque pueda errar, vive.

30 de julio de 2010

Ideas

¿Cuál será la idea más frustrante respecto a la vida?
¿El pensar que tiene demasiados obstáculos y limitaciones
o el darse cuenta que en realidad no existen?
Que no hay obstáculo que pueda quebrar la voluntad.
Que absolutamente todo depende de uno.