13 de julio de 2011

Ni

Se sentía como la última noche. Pero no tenía miedo. Supe que no lo era cuando encendí un cigarrillo. La última noche debería ser rendición. Y cuando nos rendimos lo cotidiano es infinitamente más intenso. Lo se porque me rendí muchas veces.
Los universos simbólicos aparecen tan rápido como desaparecen. Y no importa cuánto grites ni cuán profundo caigas. Ya no existe. Tampoco vos. Desaparecés en cada esquina.
Las imágenes te aplastan. Se van a volver gigantes y nos van a devorar. Ya lo hacen.
Quedás reducido a un pensamiento. El Otro no es más que vacío. Siempre podés estirarte un poco, tocarlo. No importa cuánto, tampoco el tiempo.
Ni siquiera importa cuantas veces se te quiebren las costillas, la única verdad se escapa entre los dientes.

3 de mayo de 2011

Quizás

Quería hacer feliz a todo el mundo. Pensaba que era fácil. Las palabras le salían sin pensarlas, pero a veces no era lo que decía exactamente lo que pensaba. Eso lo asustaba. Todo lo que le rodeaba era extraño, hasta qué punto se puede vivir separado del mismísimo lugar dónde uno está parado? Quizás no somos eso que se para, quizás seamos otra cosa. El cuerpo es transitorio, aleatorio, incluso innecesario. La vida es una oportunidad para cambiarlo todo. O varias oportunidades para no cambiar nada. Pero estaba tan loco que pensaba siempre en terminar. Y nada cambia. El mundo sigue su rumbo, las mentes fluyen, los corazones se retuercen, el sudor cae en los rostros del esfuerzo vano, inútil. Las historias se cuentan y se callan, pero se acumulan. Cae el agua desde el más allá pero después para, siempre para. Pero el, es. Y todo lo anterior no es nada. Aunque lo entienda, es feliz. Nada puede detener su expansión. Ni siquiera toda la mierda atrapada en este mundo que lo rodea.

18 de abril de 2011

Pará un poco, en serio. Te está devorando el personaje.

Poder ver la vida como una especie de película portagonizada por uno, donde uno cambia constantemente de lugares, situaciones y caracterizaciones es interesante. Es otra de las maneras de acceder a esa mirada a través de la cual podemos vernos desde un lugar diferente al de la mente. Porque es ella la que nos hace creer que sólo somos eso. En verdad, el personaje puede asumir millones de características distintas a lo largo de la vida. Aunque siempre hay uno que te termina comiendo. Ese, es el que te hace sufrir.

13 de abril de 2011

Immerse your soul in love

No sé muy bien por qué, pero si pudieras transferirme todo tu dolor yo lo aceptaría con gusto con tal de verte feliz, desarrollando todo el potencial que tus conflictos no resueltos limitan.
Sé que sólo basta con mirarte para que entiendas que nunca vas a estar solo. Porque es lo que siento cada vez que me mirás, sumida en la frustración de comprender la inexistencia del amor incondicional. Hoy sé que el amor no se analiza desde la mente, que en realidad el amor no es más que amor. Nada más ni nada menos que la expresión de lo que somos. El espacio creado entre vos y yo. O, más bien, el no espacio. La fusión. La comprensión de que somos uno con todo.
Encontrar una persona en este mundo que me haya ofrecido su propio terreno fértil para desarrollarme, para crecer, para sufrir, para sacar lo más oscuro de mi, para aterrorizarme, para reir y encima sin tiempo, sin apuros, comprendiendo mis procesos, tolerando mis caídas y mis subidas, fue la expresión del amor en estado puro, de ser a ser. Mi propio terreno fértil hoy te lo ofrezco, para que plantes ahí lo que quieras, para que mueras y renazcas. Para que respires. Para que atravieses con amor todo lo que te toque vivir.


18 de enero de 2011

Mi intuición nunca se equivoca

No sé bien lo que es escribir. O lo que es escribir bien. O escribir algo que valga la pena o que al menos a alguien le guste o le provoque algo. Tampoco se lo que es vivir y sin embargo lo hago, todo el tiempo. Y vivir preguntándote a cada minuto por qué, es estar condenado. Pero es una condena silenciosa, solitaria. No sé bien lo que es escribir. Sin embargo sé que si no lo hago ahora me muero. Y no me quiero morir.
Sólo se que decimos palabras iguales exactamente en el mismo momento, y que a veces hasta sabemos lo que el otro está pensando. También por instantes, nuestros movimientos se coordinan a la perfección sin que lo planeemos. No sé muchas cosas pero con saber eso me alcanza.

24 de noviembre de 2010

Maldita sea, hay cosas hermosas en el mundo, y cuando digo hermosas quiero decir hermosas. Somos unos cretinos al apartarnos tanto de lo fundamental

Si le vas a declarar la guerra al Sistema, dispara como una chica buena e inteligente: porque el enemigo existe y no porque te disguste su peinado o su maldita corbata.
Salinger

6 de noviembre de 2010

La muerte es despojarse de todo lo que uno no es

Hace unos días leí en un libro que la muerte es despojarse de todo lo que uno no es. Y es que ante ese hecho inevitable lo más esencial de uno se despierta, y nos volvemos más intuitivos, más concientes, más honestos y hasta me animaría a decir que más inteligentes. Es ese momento donde muchas verdades se revelan. Porque quizás ante la muerte nos sinceremos con nosotros mismos más de lo habitual. Así, frente a las verdades reveladas surgen todo tipo de movimientos que vuelven a ponernos en eje. Ese centro fundamental al que sólo podemos acceder cuando todo se nos presenta tal cual es. Supongo que la única forma de ser libres es muriendo, aún antes de que la muerte verdadera nos llegue. Morir en el sentido de sacarnos toda la basura condicionada de encima y ser lo que somos, sin tanta vuelta.

24 de octubre de 2010

Hipnotizador Personal

El Hipnotizador Personal
Pedro Mairal


Hace diez años, en un taller literario, conocí a una chica que tenía mucha plata. Mejor dicho, sus padres tenían mucha plata. No se llamaba Verónica, pero la voy a llamar Verónica por discreción, aunque ella ya no viva en la Argentina. Verónica escribía cuentos que sucedían en París, en New York, en Ámsterdam, con personajes que estaban siempre invitados a grandes fiestas. El taller quedaba en Callao y Córdoba, y a la salida yo la llevaba en mi bicicleta hasta Las Heras. No nos dábamos cuenta de lo peligroso que era, o quizá sí y eso nos divertía. Una sola vez casi nos pisa un 60; estuvimos muy cerca. Yo frenaba apretando el pie contra la rueda. A veces nos metíamos en librerías y ella se compraba un libro pero después, cuando le preguntaba si le había gustado, me decía que no lo había leído. No le gustaba mucho leer. Se cruzaba todo el tiempo con ex compañeras del colegio y después me hablaba mal de ellas. Viven en una burbuja, me decía, están siempre hablando de ir a esquiar o de Punta del Este, no se dan cuenta de que la cosa va un poco más allá. Como suele pasar, Verónica despreciaba a la gente que se le parecía. Me acuerdo de que era lacia, sobre todo eso. Era más lacia que linda. Y me acuerdo también de su olor a shampoo, cuando iba sentada en el marco de la bicicleta. Sin que yo siquiera la hubiera besado, ella me incitaba y me despreciaba, iba alternando esas dos actitudes con sutileza, manteniéndome apartado pero, al mismo tiempo, a tiro. Si me lo hubiese pedido, yo la hubiese llevado pedaleando hasta Brasil.

En una de esas vueltas, me invitó a su casa en la calle Galileo porque iban a ir sus amigos de cine (estudiaba cine en un instituto del centro). Dale vení, no me banco esperar sola, me dijo. Llegamos y nos abrió la puerta de calle un guardia de seguridad, con uniforme gris. Era de los pocos edificios en Buenos Aires que en esa época ya tenían seguridad privada las 24 horas. Subimos. El departamento era enorme, decorado con sillones blancos y tapices. Vivía sola porque sus padres siempre estaban en lugares exóticos del mundo. Había una mucama vieja dando vueltas por la cocina, con la que tenía discusiones feroces que la avergonzaban. En media hora me mostró su cámara nueva, me mostró fotos de un viaje a la India, me mostró algo en la computadora que yo no entendí hasta tiempo después cuando se Popularizó Internet, puso un compact en un equipo súper Hi‑Fi, dio vueltas por el departamento, me mostró el arma del padre, comimos helado, y al rato fueron llegando los amigos.

Tenían más o menos nuestra edad. Había una chica que se llamaba Fabiana y un chico pelilargo que se llamaba Pablo, que yo pensé que eran novios porque se hacían masajes en el sillón. Todos parecían estar muy habituados al lugar, se tiraban en el living sin problema, abrían la heladera y le pedían licuados a la mucama. Los vi varias veces y me fui mimetizando con esa actitud de confianza.

Hacían base ahí y después se iban a fiestas en otras casas. Yo fui una sola vez a una de esas fiestas donde hicieron lo mismo pero con otra gente y con otra marca de cerveza: sentarse y hablar de la fiesta a la que iban a ir después. Lo mejor, la fiesta ideal, siempre estaba en el próximo lugar.

En alguna de esas charlas de sillón, salió la típica pregunta: Si pudieras tener cualquier cosa en el mundo, ¿qué te gustaría tener? La mayoría quería tener otro cuerpo o mucha plata. La respuesta de Verónica me llamó la atención. Yo quiero tener un hipnotizador personal, dijo, un "hipno", existen, te juro que existen. Un tipo que me hiptonice en los ratos aburridos, que me despierte sólo para los ratos de acción, que me anule el tiempo muerto. Eso es lo que quería Verónica, alguien que le editara la vida. Le preguntaban cómo sería y ella explicaba que el hipnotizador tenía que dormirla, por ejemplo, antes de salir de viaje a París. La subía dormida al auto, la llevaba Al aeropuerto, le hacía los trámites, la subía al avión y la despertaba un rato durante el vuelo para comer; después la volvía a dormir y la despertaba en el taxi, en las calles de París camino al hotel. Tenía que ser un tipo fuerte que pudiera llevarla en brazos.

Me sorprendió la expresión "tiempo muerto"". Se la había escuchado decir a sus amigos cineastas, pero no la había entendido del todo hasta que ella la dijo. Y me hizo acordar a unos vecinos de carpa en la playa en Pinamar dos matrimonios que jugaban al bridge después del mediodía, jugaban durante horas bajo la sombra hasta que uno de los hombres miraba el reloj y decía ¡Uy, las seis ya, che. Matamos la tarde!", pegaba uno de esos aplausos con ruido a sopapa y se frotaba las manos porque la tarde había muerto; la habían matado ellos.

La idea de Verónica también era matar el tiempo, matar el tiempo muerto. Ella tenía intolerancia al tiempo real. No soportaba el tiempo que mediaba entre los momentos supuestamente relevantes de su vida. No soportaba el tiempo muerto frente al semáforo o en las salas de espera o haciendo cola. Los momentos en que no pasa nada.

Cuando me llegó el turno de decir qué quería, yo pensé que quería tenerla a Verónica, pero no lo dije. No me acuerdo con qué traté de zafar. Tampoco sé si fue esa misma noche que conseguí darle un beso. Me acuerdo que caminamos por Galileo hasta que nos sentamos en la escalera de la Plaza Mitre y, como yo había tomado bastante cerveza, me animé. Pero era difícil. Se me escapaba. Como si no estuviera ahí. Vivía desfasada del presente, un poco corrida hacia el futuro, siempre pensando en algo bueno que iba a pasar después, hablándome de eso, una fiesta, una película esa noche, algo que iban a filmar, algo de ropa que le iban a traer los padres de New York, siempre en ese declive de la ansiedad, cayendo hacia adelante.

Yo iba seguido a la casa. A veces estaban Pablo y Fabiana viendo videos. Un sábado a la noche la había invitado a Verónica a San Telmo a tomar algo pero me había dicho que estaba cansada. Al rato cayeron Pablo, Fabiana y unos amigos de Puerto Rico que querían ir a bailar salsa. Trajeron ron La Negrita y lo mezclaron con Coca‑Cola. Yo veía que Verónica se preparaba para salir, muy divertida, y me puse a tomar ron. Un vaso tras otro. Ella quería que fuera con ellos pero yo, enfermo de literatura prefería la tristeza del perdedor. Terminé tocándole el timbre a las cuatro de la mañana, totalmente borracho, diciéndole que quería ser su hipnotizador personal. Y ella ni siquiera estaba. El guardia de planta baja, que ya me conocía me paró un taxi y me mandó a mi casa.

Le escribí cosas a Verónica. Poesía. Una vez fuimos al cine a la trasnoche, después a tomar algo, después caminamos y en un kiosco, de madrugada, compré el diario La Prensa recién salido para mostrarle que en el suplemento cultural habían publicado un poema mío dedicado a ella. No me quedaban más ases en la manga y todavía no había logrado pasar de los primeros besos. Yo le había dicho que ella me gustaba y ella me había dicho que yo era "un tipo muy intenso". Desde entonces, ese adjetivo ‑aplicado a cualquier cosa‑ me da un poco de vergüenza.

Una tarde subí pedaleando la barranca de Galileo. El guardia del edificio me dijo: ¿Qué hacés, Pedrito? No está Verónica... Che, el otro flaco, el pelilargo... ¿Quién, Pablo?, dije. Sí, te ganó de mano. Se queda a dormir y todo. Yo el otro día le tiré la lengua a Verónica, viste, le digo '¿con cuál te quedás, con el pelilargo o con Pedrito' y me dice 'con el pelilargo'.

Me despedí de él con una sonrisa bastante digna teniendo en cuenta que acababan de romperme el corazón. El guardia me había dicho la verdad, así, dura y directa. Lo odié pero hoy creo que me hizo un favor porque, si no, yo hubiese seguido dando vueltas, cada vez más enredado.

Me volví caminando al lado de la bicicleta, sin subirme. Tenía ganas de ir sacándome la ropa y tirarme desnudo en medio de la calle. No sé si fue exactamente ese día, pero la bicicleta fue a parar a la baulera. No volví a ese taller literario, ni volví a verla a Verónica. Supe, por un amigo de un amigo, que se casó y vive en Estados Unidos.

Hace un par de años escribí un cuento corto con ella como personaje. Lo tengo que corregir. El narrador era el hipnotizador, el encargado de hechizarla cuando ella se aburría. Él iba contando lo que había hecho esa tarde. Estaba ambientado en México porque me parecía que quedaba mejor. Y él hablaba de "la niña". «A las dos, la niña me ha pedido que la duerma y la lleve a una fiesta en Cuernavaca". Entonces contaba cómo la dormía en su silla, la cargaba en el auto y se sentaba al volante, para manejar despacio. Ella dormida en el asiento de atrás, él fumando, con la ventanilla abierta. Describía el viaje y cómo por el camino se veía venir una tormenta de verano, y después llovía y caía granizo. Estaba contado en presente, porque él estaba atrapado en el presente, viviendo el tiempo muerto que ella no quería vivir. Entonces llegaban de noche a Cuernavaca y unas cuadras antes el hipnotizador despertaba a “la niña” Le contaba que había granizado y ella se enojaba porque decía que cómo no la había despertado para ver eso; le hubiera gustado ver granizar. La niña lo “regañaba” mucho y se bajaba del auto hacia la fiesta, dando un portazo. Él estaba enamorado de ella.


13 de octubre de 2010

Hoy soy esto, mañana no sé, pasado no me importa



(nadie lo expresó de manera tan sencilla)

10 de octubre de 2010

Conclusiones provenientes de músculos y huesos

Quiero perder el control. Estoy harta de tenerlo. No lo quiero más. Tengo miedo de que no me suelte. Porque tenerlo se volvió algo compulsivo. Y ahora que ya no lo quiero, no me quiere soltar.